Por Maria Francisca Gómez, compañera de Brasil

Mientras todos los ojos estaban puestos en Lula y su partido, el PT (Partido dos Trabalhadores), el pueblo brasileño se movilizó.
Con una remontada de 10 millones de votos, Lula ganó. Esta victoria no pertenece únicamente a Lula ni al PT. Pertenece también a quienes lucharon durante las dos semanas que separaron la primera de la segunda vuelta. Ganó el pueblo: los trabajadores, los estudiantes, las mujeres, la comunidad LGBTQIAPN+, la comunidad negra, los jubilados y los pueblos originarios.
La primera vuelta había demostrado que el escenario era mucho más complejo de lo que podía parecer. Flávio Bolsonaro había conseguido una ventaja electoral y llegaba a la segunda vuelta con posibilidades concretas de ganar. La victoria de Lula no estaba asegurada. Fue necesario construirla durante las semanas siguientes, disputando cada voto y movilizando a sectores de la sociedad que no estaban identificados con el PT, con el progresismo y menos con la izquierda.
Flávio Bolsonaro perdió y no aceptó su propia derrota, siguiendo el mismo comportamiento de su padre. Su salida del país y sus vínculos con figuras como Milei y Trump representan una vergüenza nacional. Especialmente preocupante fue su estrategia de presentarse como víctima de persecución política, alimentando los comportamientos más extremos de sus seguidores. Entre ellos, los boicots a pequeños comercios cuyos propietarios son identificados como progresistas, además de una importante escalada de violencia contra los pueblos originarios.
La estrategia política durante la segunda vuelta estuvo marcada por la política del “vira voto”: discutir con cada persona a partir de su realidad y de su vida cotidiana, sin subestimarlos. Desmentir las noticias falsas, explicar las políticas públicas impulsadas por el gobierno y poner en discusión la necesidad de sostenerlas. Los planes de vivienda, las políticas alimentarias, el fin de la escala laboral 6×1, la regulación de las apuestas virtuales (las bets) y, fundamentalmente, todo lo que estaba en juego: la democracia.
La lucha en las calles fue también fundamental para la disputa política que atravesó Brasil en las semanas previas a la segunda vuelta. Millones de brasileños y brasileñas salieron a las calles para enfrentar la amenaza del avance fascista bolsonarista y defender la democracia, la soberanía nacional y los derechos conquistados. Las movilizaciones expresaron un rechazo contundente al autoritarismo, la injerencia imperialista y el proyecto reaccionario de Bolsonaro. Las calles se convirtieron así en un escenario de disputa por el futuro del país, donde amplios sectores populares asumieron un papel activo frente a la ofensiva de la derecha.
Se trató de una discusión profunda, pero adaptada a los distintos sectores de la sociedad. Esta estrategia estuvo acompañada por la organización de manejo de redes sociales, la elaboración de métodos y ejes de discusión y una utilización más profunda de las redes sociales como herramientas de intervención política virtuales y en las calles.
En este proceso tuvo un papel destacado André Janones, del partido Rede Sustentabilidade. Fue quien impulsó el llamado “Ejército de Lula”, ubicándose él mismo como una especie de general de esa estructura. Más allá del tono humorístico que caracterizó su intervención, su estrategia política fue importante para fortalecer la campaña y contribuir a la victoria de Lula.
El descontento con el gobierno del PT es evidente. Sin embargo, el pueblo brasileño, desde la izquierda hasta los sectores de la derecha tradicional, logró frenar el avance del fascismo. Esto no es menor, especialmente frente a las ofensivas que sufrió el gobierno de Lula por parte del imperialismo estadounidense y, particularmente, de Donald Trump.
La derrota del bolsonarismo tiene un significado importante para la democracia brasileña y latinoamericana. La victoria de Lula tuvo repercusiones en distintos países de la región. En Argentina, André Janones mantuvo una reunión con Cristina Fernández de Kirchner para conversar sobre sus métodos de organización y movilización política. La experiencia brasileña abre una discusión necesaria para las fuerzas populares latinoamericanas: cómo organizarse, cómo intervenir en las redes sociales y, sobre todo, cómo recuperar la capacidad de discutir con quienes piensan diferente.
Hay una enseñanza política que trasciende esta elección: no alcanza con tener un buen candidato, un programa o una gestión para ganar. Es necesario construir organización popular, recuperar la capacidad de discutir con quienes piensan diferente y disputar el sentido común. No alcanza con hablarle a los convencidos ni con esperar que la sociedad reconozca espontáneamente los avances de un gobierno. Hay que salir a discutirlos, explicarlos y defenderlos.
La victoria fue electoral, pero también fue una victoria de la organización popular. ¡Viva el pueblo brasileño!

