EL MUNDIAL DE LAS DEPORTACIONES Y EL RACISMO LO GANA TRUMP

Racismo, deportaciones, xenofobia y brutalidad imperialista en el mundial de Trump. «Tienen un problema con mi país», dijo Omar Artan desde Estambul, deportado antes de poder arbitrar un solo partido.

La FIFA prometió un Mundial abierto al mundo. Sesenta y cuatro selecciones, 48 países, el mayor evento deportivo de la historia. Pero Donald Trump tenía otros planes. Mientras los estadios de Estados Unidos, México y Canadá se llenaban de banderas de todos los países, Trump se encargó de demostrar que para ciertos pueblos, en EEUU la fiesta del fútbol tiene la puerta cerrada.

Desde el comienzo de su segundo mandato en enero de 2025, Trump puso en marcha lo que llamó «la mayor operación de deportación en la historia de América». En los primeros diez meses, al menos 200.000 latinoamericanos fueron deportados, el Departamento de Seguridad Nacional reconoció más de 600.000 deportaciones en el primer año. Las redadas del ICE se extendieron a lugares de trabajo, estacionamientos, restaurantes y afueras de juzgados de inmigración. Como no podía ser de otra manera, esa política migratoria racista, xenófoba y discriminatoria fue protagonista del Mundial.

Omar Abdulkadir Artan creció en Somalia, donde —según sus propios relatos— debía cambiar sus rutas de entrenamiento según dónde hubiera explosiones ese día en Mogadiscio, capital de Somalia. La Confederación Africana de Fútbol lo reconoció en 2025 como el mejor árbitro del continente. La FIFA lo designó entre los 52 árbitros del Mundial de 2026. Iba a convertirse en el primer somalí en dirigir un partido en una Copa del Mundo.

La dignidad ante el racismo imperialista

El sábado 7 de junio aterrizó en el Aeropuerto Internacional de Miami, procedente de Estambul. Lo que siguió fue una humillación de once horas. Agentes migratorios de la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza (CBP por sus siglas en inglés) lo separaron del resto de pasajeros y lo sometieron a un interrogatorio. Sin darle ninguna explicación, lo pusieron en un vuelo de vuelta a Turquía. Llevaba todos los papeles en regla, tenía visa, credenciales de la FIFA y documentación que acreditaba más de diez años de carrera arbitral internacional. No les importó a los agentes migratorios de Trump. 

“Estoy muy, muy decepcionado. Simplemente soy un árbitro que intenta cumplir su sueño, el mayor sueño de mi vida: venir al Mundial” dijo Omar Abdulkadir Artan, desde Estambul a donde lo deportaron. 

La CBP declaró al árbitro «inadmisible» por «preocupaciones de verificación», sin dar detalles. Trascendió que en las listas de sanciones de la Oficina de Control de Activos Extranjeros de Estados Unidos aparece un nombre similar al suyo, asociado al grupo yihadista Al-Shabaab. La FIFA declaró que no podía intervenir en los procedimientos migratorios de los países anfitriones. 

Cuando Omar Artan regresó a Mogadiscio, lo recibió una multitud en un estadio de fútbol, y el presidente de Somalia lo recibió en la residencia presidencial. El pueblo somalí dio una muestra de dignidad ante la política xenófoba y racista del imperialismo yanki, transformando a Abdulkadir en un símbolo de resistencia que tomó trascendencia internacional. 

Los goles de Irán los festejan los pueblos del mundo

Después de haber tenido que retroceder ante la valentía del pueblo y la nación iraní que enfrentó durante meses su brutalidad imperialista, Trump no dejó concentrar a la selección iraní en suelo estadounidense. 

Irán es la única selección que llegó al Mundial sin poder pisar suelo estadounidense hasta último momento. Iban a concentrarse en Tucson, Arizona, pero el gobierno yanki le negó las visas al cuerpo técnico completo, incluido el presidente de la Federación Iraní de Fútbol. Tuvieron que instalarse en Tijuana, México, volar a EEUU un rato antes del partido, jugar y volverse a México. El técnico de Irán, Amir Ghalenoei dijo que la de Irán es «la selección más maltratada en la historia de los mundiales”.

El trato a Irán intenta ser un mensaje a todos los pueblos del mundo que se atreven a enfrentar al imperialismo. El precio de la independencia y la dignidad es la exclusión y la discriminación, quien no se arrodille no tiene derecho ni a concentrarse en suelo norteamericano. Pero esa lógica tiene otra cara, irán se transformó en un símbolo de resistencia, y cada gol de Irán en este Mundial no se festejó solo en las calles de Teherán, se festejó también en Beirut, en Bagdad, en Gaza, también en la Argentina y en todos los rincones del mundo donde los pueblos oprimidos miran a esa selección con simpatía y reconocimiento. 

Al llegar a México, los integrantes del plantel y el cuerpo técnico de Irán, llevaban pines dorados con el número 168, como un homenaje a las 168 niñas y niños asesinados durante un ataque con misiles de Estados Unidos dirigido contra una escuela primaria en la ciudad de Minab, ubicada en el sur de Irán. En su debut contra Nueva Zelanda, le dedicaron el primer gol a esas niñas asesinadas en el ataque yanqui, mientras al mismo tiempo que el estadio se llenaba de carteles con los rostros de las niñas en manos de la hinchada Iraní.

La FIFA que le entregó hace poco a Trump el “Premio de la Paz de la FIFA”, para sorpresa de nadie declaró que «no puede intervenir en los procedimientos de inmigración de los países anfitriones» y siguió adelante como si nada con la mayor fiesta del fútbol mundial, a la que transformó en un negocio fenomenal. 

Hermanados por el antiimperialismo

Bangladesh y Argentina no comparten idioma, ni costumbres, ni cultura. Están literalmente del lado opuesto del mundo. Sin embargo, cada vez que Argentina juega un Mundial, las calles de Daca se pintan de celeste y blanco. Los bangladesíes festejan los goles argentinos como propios, se juntan a mirar los partidos y alentar a la selección con las mismas ganas o más que en Buenos Aires. 

No es un capricho ni una moda. Tiene una explicación concreta.

Lo que une a pueblos tan lejanos es un enemigo común: el imperialismo Inglés. En 1943, hacia el fin de la Segunda Guerra Mundial, una hambruna provocada por la política colonial inglesa mató a tres millones de bengalíes. 

Nosotros con la guerra de Malvinas en 1982, por la valentía de nuestros soldados que recuperaron nuestras islas, nos ganamos el respeto de todos los pueblos del mundo que también sufrieron la brutalidad imperialista de los piratas. 

El odio a los ingleses sigue siendo un sentimiento de masas en Bangladesh. Cuando en 1986 Diego los humilló en México, Bangladesh lo festejó como propio y lo elevó a la altura de Seij Mujibur Rahman, el padre de la patria y héroe de su independencia asesinado en 1975. A muchos niños que nacen en Bangladesh les ponen de nombre Diego o Maradona en homenaje al 10.

Más acá en 2011, Messi fue con la selección a Dacca para jugar un amistoso contra Nigeria. La cancha era un desastre, y el Barcelona no quería que jugara por temor a una lesión. Messi fue y jugó igual. Argentina ganó 3 a 1. El fanatismo por la selección siguió creciendo. 

La muerte del Diego en 2020 causó en Bangladesh una tristeza enorme. El Mundial de Qatar volvió a reafirmar el amor por Argentina, todos vimos por las redes el fanatismo, y las multitudes en las calles con la celeste y blanca. Esperamos este mundial volver a hermanarnos en el festejo aunque estemos tan lejos. El que no salta es un inglés. 

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