NUESTRA TIERRA

El nuevo documental de Lucrecia Martel traslada al cine un tema central para entender nuestro país: el problema de la tierra. A partir de la investigación de un caso, logra trascender en debates sobre las condiciones históricas, sociales y políticas de una Argentina en la que aún persisten resabios semi-coloniales.

Un plano “a vista de pájaro” que recorre la inmensidad del espacio satelital hasta enfocar el planeta tierra, acompañado de la sonoridad inmersiva que genera el Kyrie de la Misa Criolla en la voz de Mercedes Sosa, nos meten en Nuestra Tierra, el nuevo largometraje documental de Lucrecia Martel. Lejos de ser sólo un recurso cinematográfico, la primera escena sugiere una mirada en profundidad para entender nuestros orígenes, nuestras raíces y el problema de la tierra.

Se centra en el asesinato de Javier Chocobar, dirigente de la comunidad de Chuschagasta en el norte tucumano a manos del terrateniente Darío Amín y dos ex policías, Luís Gómez y Eduardo Valdivieso, el día 12 de octubre de 2009. Ese año, tampoco hubo nada que festejar.

La verdad histórica hecha cine

El hecho quedo registrado en un video en donde se ve la prepotente llegada de Amín y su patota al territorio de los Chuschagasta, el tono amenazante con el que se dirigen al referente de la comunidad y la violenta reacción que termina en disparos que le provocan la muerte a Chocobar y heridas severas a otros miembros de la comunidad. La directora usa este video para reflejar uno de tantos escenarios en donde se pone de manifiesto el avasallamiento de quienes se creen dueños de la tierra y del derecho que se arrogan sobre territorio donde una comunidad vivió toda su vida desde que nacieron, hecho que se demuestra a través de otros recursos, como testimonios en primera persona y registros fotográficos que aparecen en la película.

Otro escenario del largometraje es el proceso judicial del caso, que al ser oral y público permitió llevar a la pantalla la filmación real del mismo. La historia se repite: no solamente son amedrentados en su propio territorio, sino que la misma situación se reproduce en la “Justicia”, a través de un careo de manipulaciones al que fue sometida la familia indígena. La defensa del terrateniente alega que tiene respeto por los derechos que la comunidad pudiera tener pero que en este caso “no está acreditado que sean dueños de las tierras”, dicen. En esa expresión, se concentran algunos de los interrogantes que el documental propone: ¿Qué da el legítimo derecho a la propiedad de la tierra? ¿Por qué el Estado nunca otorgó los derechos de propiedad a una comunidad que desde su pasado más ancestral, vivió y trabajó la ganadería en esas tierras?

Persistir en la lucha

La película enseña que Los Chuschagasta, como muchas otras comunidades, están en el territorio de nuestro país desde antes de ser colonia, fueron parte de las luchas contra el enemigo extranjero y persisten actualmente en la lucha por tierra para vivir y trabajar. Las voces más conmovedoras del documental son sin duda las más ancianas, voces que son autoridad para entender la historia: “mi papá y mi mamá nos sabían decir que nosotros éramos descendientes de indios, hijos de indios” dice Hortensia, viuda de Chocobar. El testimonio de un joven aporta un aspecto que también toca la película, en torno a la educación: “se enseñaba lo que estaba en los libros, que era un país que había sido habitado por los indios. Pero poco decían que lo habitaban los indios todavía, que estábamos acá nosotros”. Lo que devuelve la pantalla es una profunda reflexión que llega hasta el presente, ya que en las escuelas la educación de la historia argentina es un relato que no contiene en su narrativa la preexistencia de los pueblos originarios, su rol en las luchas por la independencia, su cultura, el trabajo y la producción concreta en la tierra.

El tema de la identidad es parte también del cine de Martel. En esta oportunidad, recupera gracias a María Rasguido, una comunera de 80 años, fotografías de una cámara de rollo que capturaron la vida en la comunidad en distintos momentos históricos, con distintas condiciones económicas y sociales, sin por eso perder cotidianidad: mesas familiares, una fiesta, una guitarreada, amores, hijos, madres, padres, abuelos y un incontable etcétera que hace de la película una obra profundamente poética.

Nuestra Tierra, además de ser una herramienta política y artística para la lucha de la comunidad de Chuschagasta, nos aporta un documento científico para preguntarnos por las causas de fondo. ¿Cómo fue el proceso que consolido el Estado Nación? ¿Qué lugar tuvieron las naciones indígenas en ese proceso? Lo valioso del documental es que nos deja pensando el porqué de un problema que persiste en muchos rincones de la patria. 

¿Por qué ver la película?

La invitación a ver la película la inscribimos en un momento político particular. En un sentido, el momento parece adverso para el debate acerca de la propiedad de la tierra mientras tenemos un gobierno que profundiza su entrega vendiendo glaciares, derogando la Ley de Tierras favoreciendo con su política la compra de grandes extensiones y recursos estratégicos. Por otro lado, la historia de los pueblos originarios enseña que para defender la tierra y luchar por lo nuestro, no hay momentos adversos. Siempre estuvieron y siempre luchando. La voz en off de Hortensia lo afirma claramente: La tierra es para quien la trabaja.

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